Salte la navegación

Photo 11-20-2013, 10 44 09 PM

 

Era un día de verano cuando fueron todos a la playa, cerquita nomas, a La Herradura, hermoso balneario de años pasados que en aquella época solo vivía de la poca fama que aún le quedaba. Y fue así que todos entraron en ese escarabajo Volkswagen, las dos tías gordas y hermosas y seis chicos más; con todo lo inimaginable que se podría llevar a un día de playa, pasando por las sombrillas, los sets playeros de baldecitos con su rastrillo, infinidad de toallas, canastas con comidas y bebidas, el típico huevo duro y su pan con palta para menguar el hambre y atorar el pecho, lo que venga primero estaría bien.

Pues bien, ya instalados bajo el sol, sintiendo la brisa marina golpear delicadamente los rostros, era hora de bañarse en bloqueador, cremas y demás ungüentos para evitar que terminaran como camarón a la plancha.. Ven para acá muchacho! Que te vas a cocinar!!! -se oía decir por un lado – NOOOOO al agua no que acabas de comer tus Tico Ticos – decía la otra -. Y así se pasaba la mañana entre que entran al agua, se salpican, se llenan de arena y se vuelven a llenar de arena; viendo las olas perfectas reventar en la orilla, mientras algunos era revolcados por la falta de experiencia y otros las corrían de pechito; un poco más allá, los que corrían tabla, libres dibujando piruetas en aquel mar aun azul. Era el sueño de todos, correr tabla. Fue entonces que uno de los muchachos, saco del carro una “pititabla” una especie de versión tercer mundista de morey boogie, hecha de tecnopor recontra dura, y con su dibujo de un ancla con su cadena. Además no era cualquier pititabla del motón, no, no no; era la edición de lujo, que era simplemente algo más grande, pero marcaba la diferencia, además de la envidia de todos los chibolos.

Era el medio día cuando, pititabla sobre la cabeza se dirigió al mar, con el pecho hinchado cual pavo en celo, para estrenarla, cuando de pronto, ni bien puso el primer pie sobre la orilla, escucho a su mama… A dooonde vas? No ves que acabas de comer tu huevo duro?… así que no tuvo que regresar a sentarse. Pero en un descuido, salió corriendo y se metió al mar, dejando la pititabla a merced de otro de los chicos que simplemente miraba y pensaba “Dios da pititablas a quien no juega ni con su moco”. Entonces se armó de valor, cogió aquella tabla y salió corriendo y en la primera que pudo, pego el salto, vio a las gaviotas, quedo cegado por los rayos del sol, sintió el agua fría entrar en su nariz, y la espuma de una ola feroz golpearlo todo – era el héroe de la tarde – y al final un crack ensordecedor que solo él pudo escuchar. Revolcado por la ola, se paró rápidamente y vio la pititabla partida a la mitad.

Por los bigotes de Don Ramón! – se dijo – si se enteran me quedo sin pollo a la brasa!!!.. así que corrió entre la gente y dejo la pititabla armadita al lado del cerro de toallas como si nada y fue donde su mama para que le comprara una raspadilla donde la hermana de la famosa tía veneno…

De pronto. Mientras hacía ruido con la cañita metida en el hielo, escucho, el rugir de la otra mama..

– Muchachooooo de mierrrrr!!! Mira lo que has hecho!!!.. Cuando aprenderás a cuidar tus cosas!, ya rompiste la tabla esa y ni siquiera la has usado!!.. no te da vergüenza???.. ven para acá que te voy a dar con esa cosa en la cabeza….
– Nooo mama, que yo no fui…
– Que??? Y encima me contradices?,.. que se entere tu padre, ya verás! La que te espera!!

Se sintió culpable y pensó en decir que él había sido el destructor de pititablas ajenas, que él era el culpable y que estaba dispuesto a quedarse sin pollo a la brasa. Y mientras más se acercaba a la escena, empezó a recordar aquel helicóptero inmenso – un Bell UH-1 Iroquois, hermoso – que armo con su papá y que en manos de ese pedazo de engendro solo duro 2 minutos, terminando estrellado sobre la vereda; recordó su cuaderno de dibujos ahogándose en el agua del inodoro. Recordó todas las piezas faltantes de su primer rompecabezas de 100 piezas, de su primer Lego, de su juego de mecano; recordó todos las cuerdas rotas de su guitarra, los interminables domingos en su casa cuando el engreído este, se apoderaba de sus colores para pintar las paredes y decir que él no había sido, de la hora del lonche en la mesa y quedarse sin su pan francés. Recordó cada puteada de su mamá por la culpa de ese galifardo cabezón. Y finalmente recordó que el agua estaba de lo más buena y se siguió de largo, pegándose el mejor chapuzón de la tarde. Que feliz era, a lo lejos los gritos y cocachos, a lo lejos el sol se ponía sobre el mar, a lo lejos las gaviotas, a lo lejos todo, y el no terminada de sonreír a lo lejos en aquel mar azul.

El Aldo

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