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El dolor de cabeza empezó hacia unos días atrás, y ya era de preocuparse así que al salir de la oficina, volvió a pasar por la farmacia donde le dieron el coctel de calmantes de siempre. Tomo la pastilla roja, dos de la verde, tomo un jugo de naranja y salió para su casa mientras escuchaba las canciones de siempre; esas que te traen recuerdo del que ya no está, del que se fue, del que está lejos, del que está cerca, del que te hizo mierda el corazón, del que ríe contigo a pesar de la distancia, del que habla y no sabe decir adiós, del que la quería y aun la quiere y se consuela viendo el mar.

Eran las 11 pm cuando algo en su cabeza exploto, y como reguero de pólvora el dolor se fue intensificando y esparciendo sin ningún miramiento ni perdón. Grito fuerte, y sus lentes cayeron lentamente y cuando el cristal de sus lunas se reventó en el piso, ella se desplomo, llorando y suplicando por una tregua.

Horas más tarde cuando despertó sintió tubos y agujas, cables y monitores, no veía bien donde estaba, pero sabía que no estaba en su casa, sabía que no estaba bien, que algo malo, algo muy malo estaba pasando y apretó con la mano la sabana percudida de aquella cama de hospital. Pudo distinguir entre las sombras a quienes estaban con ella, preocupados, llorando y rabiando, perdidos en ese no saber qué hacer. Intento levantarse, Todo está bien – dijo – pero no logro ir muy lejos y siguió murmurando hasta quedarse dormida.

Desperto de pronto, casi sin poder respirar, sudando, llorosa, el  corazón se le salía del pecho, y su cabeza latía y resonaba como el bombo de una barra en el estadio. Tomo aire, tomo cuanto aire pudo y le dijo al que estaba rabioso, al que estaba ahí por que estaba.

– Llámalo, por favor llámalo, quiero decirle algo

– A quien quieres que llame? – dijo el – no sé qué hablas,

– Si sabes, no te hagas el tonto, sabes bien de quien hablo, por favor llámalo, no pierdas tiempo – replico ella con el poco aliento que le quedaba –

– Ok, iré, pero si no contestas será tu problema…

Al Salir de aquel cuarto, busco en su bolsillo su celular que no tenía saldo, así que tomo unas monedas y parado frente al teléfono público, levanto el auricular, escucho el tono de marcar y empezó a golpear la pared con él, uno tras otro, golpe tras golpe el auricular se reventaba y los pedazos de plástico y  la pared se llenaban de sangre. Tiro el teléfono y salió a tomar aire, a fumar un cigarro, a olvidarse un rato de ese momento de ira y para olvidarse del encargo.

Al regresar al cuarto, ella simplemente moría, la vida se le iba con cada respiro, sus lágrimas caían lentamente por su rostro; ya no podía moverse, y poco a poco se fue yendo… al verlo entrar le pregunto si lo había llamado, si vendría, si podría hablar con él aunque sea un instante… el respondió de mala gana diciendo que ese huevón no respondió el teléfono y que ya, pues que más podría hacer…

Cerró los ojos por última vez y los volvió a abrir por última vez, miro aquella lámpara en el techo y se puso a llorar. Su rostro se fue dibujando delante de ella, sus ojos fueron tomando forma, sus labios sonrieron ante ella y ella sonrió… y finalmente dijo – Te quiero – mientras su mirada se apagaba, sus ojos se hacían vidriosos y perdían todo color hasta que se secaron para siempre.

El vio el teléfono, pensó en ella, pensó en llamarla, pero volvió a pensar, – mañana la llamo sin falta, creo que ya es tarde – y volvió a dormir.

Fue a visitarla, se sentó frente aquella lapida que decía su nombre escrito con pincel y pintura negra. Le llevo flores, tulipanes porque a ella le gustaban, un chocolate para compartirlo con ella y dos tacitas de té de flores… y ahí se quedó, conversando con ella, contándole aquellas cosas que nunca le conto, diciéndole que todo iba a estar bien, que no se preocupe, le dijo que ayer había llovido, que aun el cielo esta nublado, y que seguirá así hasta que se vuelvan a encontrar.

El siempre que podía, volvía a visitarla, siempre que podía le llevaba un chocolate, siempre que podía le cantaba una canción. Hasta que un día ya no pudo y ese día ya no hubieron más distancias entre ellos.

 

El Aldo

 

 

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