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Despertó en medio de una mazmorra por los ladridos de cientos de perros rabiosos encerrados en una celda, pero logro escuchar la voz de Ignacia débilmente suave, pidiéndole ayuda. Se levantó como pudo e intento abrir aquella puerta de acero oxidada, llena de moho, sangre y restos de fluidos internos. Cuando la puerta se abrió, la vio, ahí encerrada, atrapada en una jaula donde solo podía estar en arrodillada, desnuda prácticamente, con su piel delicada como la recordaba, herida, bañada en sangre, sudor y mugre.

 

Aquellos perros que no de bajan de ladrar, voltearon a verle y con sus ojos encendidos por el un fuego de odio empezaron a acercarse hacia él. Fue entonces cuando uno de ellos, se levantó en sus patas traseras y tomo forma humana pero su cabeza se partió en dos y una cabeza miraba hacia adelante y la otra hacia atrás. Ambas voltearon a mirar al Capitán Terror, escupiendo rabia y saliva; Le hablaron en al revés en lenguas. Una de ellas era un hombre, la otra era una mujer, ambos desfigurados por algo que no podía describir, pero si entender, Al principio no pudo reconocerlos, pero a medida que lo segundos pasaban, intentaba reconocerlos, pensar en quienes eran.  Y en esa pesadilla de aire fétido y cargado, intento recordar aquellos rostros, aquellas miradas y aquellas risas.

 

Y ella, Ignacia, en aquella jaula, podrida de dolor y bañada en lágrimas, logro verle, y entre su dolor, logro sonreírle, pero no fue suficiente, los perros la acechaban, intentaban morderla entre los barrotes, y su saliva acida caía en su espalda. El Capitán Terror, logro acercarse más, pero la manguera de su máscara de oxígeno se engancho en la entrada y no podía avanzar a rescatarla, entonces arriesgando su propia vida se quitó la máscara y con ella, su rostro hasta ahora una incógnita se despegó de su cara como un pellejo hervido en acido. Y sin rostro, sin poder ver donde está Ignacia, se dibujó una cara que fue tomando forma, logrando verla y pudo alcanzarla. Los perros lo mordían y el luchaba para liberarse haciendo tronar sus huesos y despellejándolos a su paso.

 

El hombre-perro de dos cabezas volteo a verlo y volvió a reírse al revés, desnudo y poderoso, pateo la jaula una y otra vez, con rabia, con placer y escupía sus fluidos sobre ella. Cogió la cadena para llevarse la jaula y diciéndole algo al revés, empezó a avanzar lentamente y sus palabras se repetian una y otra vez y el eco de ellas volvia a repetirse y los ladridos de los perros eran más intensos, y empezó a jalarla hacia la oscuridad.

 

El Capitán Terror, herido, logro acercarse a la jaula y pudo ver los ojos de Ignacia, pudo escuchar su voz, pudo sentir su perfume entre los fluidos, el ácido y la mugre putrefacta, y ella le dijo, ayúdame Capitán, ayúdame, no puedo salir, pero no quiero salir… Si te hubiera escuchado mí… y su voz se quebró y su llanto inundo la habitación y se mezcló con la risa de aquellas dos cabezas. El logro estirar su mano, desgarrando su piel en el intento y ella también, y sus dedos se tocaron, se rozaron y en ese segundo, en esa fracción de tiempo, pudo sentir algo que nunca había sentido ni imaginado; el quiso decirle algo pero la jaula se apartó de él rápidamente adentrándose en la oscuridad.

 

Grito su nombre fuerte, como cuando se le desgarra la piel tratando de alcanzar su mano, pero fue imposible, entonces el hombre-perrro de dos cabezas volteo a verle y él pudo reconocer en ese momento los rostros entre los cabellos largos, entre la oscuridad, entre la podredumbre y la lujuria… Era el, aquel que con engaños había endulzado a Ignacia, aquel que en los pasadizos del palacio la miraba y la desnudaba con la mirada, aquel que empezó a decirle secretos y promesas vanas con su lengua de púas. Pero al ver el otro rostro, descubrió que era la misma Ignacia, una Ignacia corrompida, demoniaca, concupiscente que se mordía la lengua para sentir la sangre acida correr por su rostro. Ambos reirán al revés y se mordían mutuamente…

 

Mientras los perros guardianes se lo comían vivo dejando ver sus músculos, sus entrañas, huesos y lamiendo su sangre. EL Capitán Terror hizo un último intento por alcanzar la jaula donde el espíritu de Ignacia estaba atrapado, pero fue en vano. Aquella jaula se perdió en las profundidades de la mazmorra y el quedo ahí, tendido en el suelo, convirtiéndose en merienda y carroña de los traidores…

 

Y así fue como El Capitán Terror murió dejando tras de sí, el dolor de ver atrapada a Ignacia que un día con su sonrisa logro atraparlo en aquel planeta perdido entre las galaxias y en el último rayo de luz que sus ojos lograron ver, fueron los ojos de Ignacia llenos de lágrimas, esperando que la rescate en otra vida…

 

El Aldo

 

 

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